Plaza de toros de Las Ventas.
Madrid, 16 de mayo de 2013
Octavo festejo de la feria de San Isidro.
Morante de la Puebla, José Mari Manzanares y Jiménez Fortes,
que confirma alternativa, con toros de Juan Pedro Domecq
Octavo festejo de la feria de San Isidro.
Morante de la Puebla, José Mari Manzanares y Jiménez Fortes,
que confirma alternativa, con toros de Juan Pedro Domecq
Las leyes de Mendel
A estas alturas en conocimiento biológico de las entrañas del ganado bravo se puede asegurar que las leyes de Mendel, en las cuales se definían las particularidades de la herencia genética, necesitan urgentemente de un cuarto supuesto para excluir la dominancia de los guisantes arrugados. Este carácter recesivo ya ha tomado cuerpo absoluto y ha transformado el fenotipo bovino en un cuadrúpedo homocigoto de moderna generación filial cercano al antílope. El ejemplo está causando una prodigalidad en las cabañas bravas, muy empeñadas en rentabilizar el invento y venderlo caro, por supuesto para que lo alaben unos y lo paguen otros. El ganadero más astuto ha sido Juan Pedro Domecq, que ni era monje cartujo de Jerez ni agustino como Mendel, pero que presume desde lejanos tiempos de poner patente a su espectacular proceso de laboratorio en el que separa cromosomas y da espíritu a un individuo homocigoto, clonado y podenco, además de ser un poderoso motor de economías propias.
Pues seis de estos individuos
homocigotos que discurrían por el ruedo del más importante instituto científico-taurómaco
en el día de la entronización de la torería postinera -y entre protestas de
algunos espectadores resistentes a la ingenuidad-, representaban a la perfección
esa generación filial cercana en carácter a los ovinos; en morfología a las
gacelas; en poder a los felinos domésticos; en sabiduría a los burros destacados;
en resistencia al sometimiento a los gansos; en movilidad a los peces de
colores; en casta a los dromedarios; en bravura a los rinocerontes. Y ahora díganme
si no hay que tomar por las bravas y urgentemente la puesta en marcha de un
nuevo cuarto supuesto mendeliano ya que el monje austriaco -como no salió del
convento, ni tampoco fue aficionado a la fiesta española, ni intuyó lo que ya se
cocía en las cartujas sureñas españolas desde siglos atrás-, no pudo descubrir a
lo que llevaría la degeneración del guisante, como tampoco determinar la
dominancia pertinaz de sus contraídas fisonomías, incluso de imaginar que sus
transgénicas entrañas cotizaran por las nubes en la alta cocina de bravo.
A algunos poco parecía importarles
esta conclusión empírica porque mandaban callar a quienes se habían dado cuenta
que eso era guisante y no toro. Tan ufanos estaban por lo que les habían
vendido. En definitiva, sus dineros iban dispuestos para esa media verónica
famosa del maestro Morante, para ese empaque del revolucionario Manzanares, y
para dejar chupando rueda a un pobre telonero llamado Jiménez Fortes. Y se
produjo una algarabía grandiosa, tanto como si en el ruedo hubiera acontecido
algo relevante para la discusión científica cuando en realidad aquello era un
choteo bipolar: homocigoto con los caracteres recesivos-bovinos y heterocigoto
con los caracteres dominantes-toreros.
¡Ese Morante! Ese que da medias como
si las diera la Inmaculada Concepción. Ese que tiene un genio mitad poético, mitad
bandolero. Ese artista al que ayer le perdonaron la gracia torera porque hizo
un quite, y hasta dos gracias, después de haberle prendido fuego a ambos
petardos que le habían escogido. ¡Ese Manzanares! Ese que va a acabar con el
cuadro científico en las distancias estéticas sin arriesgar un ápice de su pulida
presencia. Ese mismo que presume de blasón bicéfalo compuesto de juanpedros y cuvillos y no puede ni ejecutar la mínima como mandan los cánones
de la tauromaquia. ¡Ese pobrecito de Jiménez Fortes! Ese que tenía la
oportunidad de romper el cuadro flamenco ruinoso y se aquerenció para copiar a
los cantaores.
Bueno, si ustedes quieren saber el
número de insustanciales probaturas en redondo que dio Manzanares; o el ímpetu
de Morante en el (auto) quite del perdón; o el nombre del animal que permitió
la confirmación del invitado a la fiesta –llamado Jiménez Fortes- pues pueden
hacer clic en las muchas crónicas especializadas en las excelencias de la
fiesta de bien inmaterial. En mi caso, si me lo permiten, voy a merendarme unos
guisantes arrugados en honor al monje mendeliano y a fumarme un puro de calibre
superlativo a mayor gloria del gran Joselito. ¡Viva la genética! ¡Viva el
Gallo!
Buena crónica Paz. Sí señor. Espero que algún día haya una cabeza pensante en la dirección del periódico y se dé cuenta que la sección taurina de El País tiene que ser tuya. Así, los que entendemos la fiesta de una determinada manera, abandonaríamos el desamparo que supuso el adiós a Joaquín Vidal. Por cierto, enhorabuena por la interesante entrevista a Rafael Cabrera Bonet.
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