domingo, 18 de mayo de 2025

Feria de San Isidro 2025. 13 de mayo. Cuarto festejo de abono. Novillada

 

Presentaciones

Por Paz Domingo

Este trece de mayo, día de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid y, según señalan algunos devotos también patrón de los toreros, es un día de presentaciones. Los tres novilleros llegaron a torear esta novillada a Madrid sin haber pisado este ruedo, jamás de los jamases como diría un castizo. Algo raro es, si me permiten esta licencia reflexiva. Quizá estos ilusionados aspirantes a esta profesión tan arriesgada deban rezarle al patrón para que aquellos apoderados a quien tienen encomendado su futuro no les dejen tan solos y desprovistos de desvelos y formación.    

Pues bien, los aspirantes pisaron ruedo y poco ruido hicieron. Se concedió una oreja a uno de estos novilleros que componían la terna, pero más bien fue por la única embestida razonable entre los ocho novillos (seis titulares de Alcurrucén y dos sobreros) que también pisaron la arena venteña.

No hay casi nada que contar. Salvo algunas anécdotas del tercio de varas. Primer novillo, titular, para Sergio Sánchez; picado por José Adrián Majada; señado y sin empuje; después igual, soltando la cara en el estribo. Segundo novillo titular, para Aarón Palacio; picado por Mario Benítez, puyazo trasero perdiendo las manos, protestado; y en su segunda actuación volvió al suelo. Devuelto rápidamente por el presidente que no estaba por perder el tiempo en las probaturas que solicitaba el novillero. Segundo novillo bis, sobrero de la misma ganadería; insulso, de puro trámite en el primer encuentro y en ya sin compromiso por ambas partes en el segundo topetazo.

Tercer novillo, titular, picado por Rafael Campos ‘Carioca’; señado, sin haber sido presionado, perdió las manos en varias ocasiones incluso antes de la segunda vara reglamentaria; y devuelto. Tercer novillo bis, sobrero de Montealto, aprovechó la confianza del sencillo trámite de Carioca, empujó con ganas haciendo perder el asiento al picador que casi cae de bruces; después ambos se quedaron desentendidos; arreciaron las protestas de tanta carne sin vigor ni casta. Cuarto novillo, titular, picado por Álvaro Marrón; señalado para finalmente también acusar mucha flojedad. Quinto novillo, titular; picado por Manuel Jesús Ruiz ‘Espartaco’; y salvado por la campana de la venganza del propietario del castoreño que puso una soberbia pica en el suelo y varios picotazos en los lomos traseros; y se quedó ligeramente entero en fuerzas para facilitar un espejismo en el tercio de muleta.

Finalmente, el sexto, titular, y octavo según las cuentas del público sufridor, pasó desapercibido porque no se le protestó pues suspendía en presentación por esos pitones reajustados en tamaño, biometría y salubridad; en casta por su falta de gracia y viveza; y en su potencia porque resultaron tanquetas estancadas en fecundos barrizales.

13 de mayo. Novillada con picadores. Ganadería de Alcurrucén para Sergio Sánchez (presentación en Madrid), Aarón Palacio (presentación en Madrid) y Javier Zulueta (presentación en Madrid).

Feria de San Isidro 2025. 11 de mayo. Tercer festejo de abono

 

De chiripa

Por Paz Domingo

La tarde de toros empezó sin fortuna y terminó sin gloria. Un toro que abría plaza se zambulló en la arena del coso en la primera carrera tras su salida de toriles. Despanzurrado, o descordado, fue el mal presagio para lo que se venía encima respecto a la esencia primigenia de la casta en un toro bravo. La sucesión de titulares y los dos sobreros resultó ser de idéntica falta de escrúpulos ganaderos, incluido ese ínclito animal que a punto estuvo de darle de chiripa otro argumento triunfador de escasa enjundia a Miguel Ángel Perera.

Comenzaré por la actuación a este mencionado animal, segundo del lote de Perera. Su picador Alfonso Sánchez lo tuvo soberanamente fácil. Señaló trasero y bailó en redondo. En ambas ocasiones se protestaron sendas seudo varas por chuscas porque, efectivamente, lo eran. Curiosamente el torito quedó aguantando la escasa fuerza que poseía y contestó de manera bobalicona a ese toreo abigarrado, robótico, insulso y engatusador de Perera. El público pareció volverse loco, aunque quedó salvado inesperadamente de un mal de conciencia cuando el matador extremeño dejo una estocada trasera, muy trasera, tras dos pinchazos, perdiendo de chiripa la Puerta Grande.

Ángel Rivas, primer picador de la cuadrilla de Perera, dio cuenta del primer sobrero de Chamaco y dejó en el lomo de este animal de características mansas, trotonas y resabiadas, dos puyacitos de cualquier manera después de sudar tinta el maestro y la cuadrilla para acercarlo al peto.

Juan Melgar salvó con cierta sabiduría la horripilante suerte a que han conducido los protagonistas del toreo al tercio de varas. Picó al primer toro de Paco Ureña, cogiéndole bien y soltándolo a tiempo. Pero el astado prometía algo más saliendo del peto y de banderillas muy incierto para terminar durmiéndose en la también dormida muleta. Cuando le tocaba el turno a Cristian Romero con el quinto titular de la tarde, una parte del público andana muy enfadada porque no se había consumado el gran triunfo de Perera mientras que la otra parte también mantenía un soberbio desagrado por la condición ganadera de falta de casta. El picador, a ritmo de carioca, lo deslomó aparentemente. El presidente vio venir el escándalo y se adelantó a los acontecimientos devolviendo el animal a los corrales, cuando apenas el animal rozó de rodillas las profundidades de la acorazada de picar, posibilitando la aparición del segundo sobrero también de Chamaco. Pero Romero quiso hacerse notar. No atendía al maestro, ni a la furia del público cuando se rebasan las rayas del tercio. Él aseguró con mucha teatralidad su actitud desafiante de señalar, que no masacrar, incluso en una tercera posibilidad para dejar salir despavorido e incierto a ese animal de tan triste alma. El resto fue todo imposible.

Notable fue la tunda que le propinó el padre y picador de Ginés Marín y de nombre Guillermo. Atorado se vio, con tan excesivo celo que dejó un puyazo de señalamiento encimista, perdió los trastos, agitó la coctelera en sucesivas vueltas, enganchó finalmente tras tanta euforia y propinó una somanta al estilo castizo y demoledor. En el segundo puyazo, pasó algo muy parecido. La faena de Ginés no dijo nada ni la condición del animal tampoco. Y ya en la sexto trabajo de los toreros tocados de castoreño encontramos a Ignacio Rodríguez que resultó inapreciable salvo por los señalamientos mondos y lirondos. El animal acusó en sus resultados sobre el ruedo una vuelta de campana que había sufrido para quedar agravada con la ausencia en sus entrañas de genio, codicia y clase. Aún así, Ginés se quiso poner bonito, pero sin obtener resultados salvo por un estoconazo que quizá fue lo mejor de la tarde.

11 de mayo. Plaza de toros de Las Ventas. Madrid. Feria de San Isidro 2025. Corrida de toros. Ganadería de Fuente Ymbro  para Miguel Ángel Perera, Paco Ureña y Ginés Marín.

 

 

domingo, 11 de mayo de 2025

San Isidro, 2025 / 10 de mayo / Corrida de toros

Moldes pasteleros

Por Paz Domingo

Persiste el lamentable espectáculo que se da en el tercio de varas. Recojo el testigo donde lo dejé ayer, precisamente en Manuel Quinta, miembro de la cuadrilla de Diego Urdiales, que picó al primer toro de la Ganadería de El Pilar, inválido de los cuartos traseros. Lo tuvo fácil Quinta porque esta vez su trabajo no consistió en deslomar, sino en teatralizar la impotencia del animal. Que si el maestro lanza la pica pero cae en el costillar; que si la rectifica y la deja donde puede; que si mala suerte que ha caído en los riñones; que si no aprieto; que si retuerzo para girar, que si tapo la salida al pobre ser engañado; que si…; que si… Pero hasta para ser artista de teatro hay que tener tablas. Y a ese animal destartalado de fuerza lo dejó don Manuel hocicando repetidamente contra el suelo, situación que aprovechó don Diego para exagerar medrosamente delante de aquella caricatura. Empezó el escándalo diario.

La suerte de varas debería pasar a llamarse la suerte del molde pastelero. Esto tiene una explicación. El primer varilarguero va a ciegas. Pero no el segundo, que actuará siempre como él mismo cree que debería haber ensartado al primer ejemplar de la tarde. No tiene en cuenta que es otro animal, supuestamente de condición física y temperamental diferente. No. El maestro del castoreño solo acusa en estos momentos las consignas de la propia cuadrilla que incita a deslomar o pellizcar, según corresponda. Es decir, la tipología del molde donde se van a colocar las masas a cocer queda definida para toda la tarde según las condiciones que demuestre el primer animal en orden de lidia y haya sido interpretado el castigo que va a merecer todo bicho viviente que salga después. Dan igual los matices. La consigna moldeadora prevalece. Así, seguidamente se aventuró en segundo lugar, don Juan Pablo Molina, de la cuadrilla de David Galván, que tomó muchas precauciones cogiendo la vara por la punta, asiéndola con el sobaco, dejándola caer tal cual para encampanar en la pértiga 90 kilos de ser humano y 600 de materia caballar. ¿Tenía miedo a quemarse? Dejó dos pellizcos.

Las formas son muy importantes. Israel de Pedro retomó los apuntes que había dejado su predecesor y maestro del primer tercio y aplicó lo mismo al tercer toro de la tarde. El picador dio algún tropiezo más fuera del morrillo, del toro se entiende, pero sin consecuencias para su honor. Muy habilidoso en las rectificaciones estuvo Puchano en su actuación al cuarto animal de la tarde porque la coronó con muchas y repetidas puñaladas como un martillo de percutir.  

La tarde no remontaba con estos insulsos animales a los que no habían cogido la medida exacta para controlar sus escasas fuerzas y que aburrían con sus desganadas potencias de nobleza. Llegó Manuel Sánchez para perpetrar el simulacro de vara a remanguillé que echó al toro de El Pilar al corral y repitió idéntica e inclasificable actuación al sobrero de Castillo de Huebra.

Pero, ay, siempre hay un roto para un descosido. El sastre resultó ser Agustín Collado que emprendió un golpe con extrema violencia en el costillar del animal de consecuencias incontrolables pues el toro salió cojeando del trance y el maestro preocupado por el escándalo que se montó y la certidumbre que le caería una sonora bronca del maestro que a esas horas soñaba con la segunda oreja que le abriera la Puerta Grande. El presidente cambió de toro. “A ver qué haces Agustín”, le señalaban desde el tendido algunos personajes castizos que aún quedan. Pues bien, lo que hicieron el maestro picador y los demás subalternos fue cogerle al toro segundo sobrero una tirria medrosa sencillamente porque al animal de Villamarta le faltaban unas horas para cumplir los seis años. En fin, un día más de gloria en el desastre del tercio de varas acontecido en el primer coso taurino del mundo.

El resto, brevemente. Urdiales estuvo porfiadamente medroso. Sin remedio y voluntad. David Galán merece verle torear porque demuestra: que no da trapazos; que tiene clase de gran torero; que está muy inteligente ante la escasez de materia aprovechable para el toreo que le ofrecen; que resuelve bien; que tiene temple; que es muy agradable ver a profesionales que no se empeñan en chapuzas toscas.  Y Víctor Hernández dejó claro que está sobrado de valor, pero necesita mandar en técnica y en ejecución.

sábado, 10 de mayo de 2025

San Isidro 2025 / 9 de mayo / Corrida de toros

La inteligencia taurina y artificial se define más papista que el Papa

Por Paz Domingo

Lo he decidido. Vuelvo a la actividad de la escritura en este recóndito espacio aficionado a la integridad del espectáculo taurino y reivindicación de la verdad en la fiesta de los toros. Y he decidido que voluntaria, consciente y cortésmente les contaré lo que a mi juicio va contra casi todos los juicios, orales, escritos o fabricados con inteligencia artificial que usted encontrará sin dificultades en cualquier soporte digital y, además, taurino. ¡Ah!, y sin ánimo de ponerme espesa.

Usted ha oído decir que el desarrollo de la llamada Inteligencia Artificial es el futuro o el futuro no será. Usted está observando, posiblemente atónito, cómo surgen en preocupante abundancia papistas que diseñan cómo será la figura del nuevo Papa, o no será Papa nuevo. Y a usted, si además va a las corridas de toros, le inquieta el acontecimiento chusco, devaluado, manipulado y desvergonzado en que se ha convertido este espectáculo es porque los responsables taurinos mantienen que debe ser así o no será. Pues si dichos responsables taurinos en el desarrollo, vigencia y evolución de la fiesta están tan convencidos como parece en distorsionar la verdad; si persisten en esta inteligencia suprema y artificial que exalta las falsificaciones; o comulgan junto a personajes más fanáticos que creyentes, me encuentro en la obligación de anunciarles que la fiesta de los toros, lamentablemente, y contra todo pronóstico de estos mismos taurinos, no será.

Les pongo un ejemplo. La primera corrida de abono de la Feria de San Isidro 2025 no será jamás un alegato decente por hacer las cosas bien; con pulcritud; con las reglas en la mano; con vergüenza torera; con un compromiso conmovedor de valentía; con una defensa férrea del conocimiento.

El primer cartel arrancaba con el diestro que en las muchas actuaciones previas se ha desmayado en la nada; el cual está apoderado por el empresario de esta misma plaza madrileña; el cual diseña el primer cartel de feria con una confirmación y que significa que aquel diestro tan vareado ya no abre plaza porque cede los trastos y apadrina a quien lo hace; el cual realiza el primer tanteo a torazos con mucha presencia, con arranques disimulados a los petos, con nobleza que les hacen perseguir los engaños, incluso que pueden aguantar alguna faena creíble; los cuales fueron descuartizados sin piedad. Si existiera justicia torista y divina deberían llevar a esos castoreños y sus lustrosas jacas hacia procesos condenatorios.

Por mi parte, esto es lo que vi: una inteligencia organizada en escenificar un ofensivo espectáculo de artificio y que consiste en revestir de hazaña lo que lamentablemente no es más que una vulgar pantomima. Algo así como hacer una faena inservible merecedora del más grande de los premios. En realidad, se ha realizado un simulacro obsceno en el calibrador de la bravura de un animal y en el conocimiento y valentía para su sometimiento.

Entre las más ciertas de las circunstancias para confirmar la mentira se encuentran las realizaciones de las varas que colocaron a los desgraciados animales y que merecen destacar unas más que otras. La más rotunda fue la actuación de Manuel Cid, miembro de la cuadrilla de Talavante. Entró el animal al peto en las dos ocasiones que manda el reglamento y se llevó alrededor de más de veinte trallazos, por entrada se entiende, quedando aquel desgarrado y percutido lomo como un atentado merecedor de consecuencias penales. Miguel Ángel Muñoz, guardó las formas en el cuarto toro, sencillamente porque vieron al animal más indefenso en fuerzas, resultando más fácil el baile tonto de la gallinita ciega. A Juan Ortega le acompañaron Óscar Bernal, con actuación poco acertada, y José Palomares, que quedó muy enganchado con la pica en las afueras de la ortodoxia. José María González, que picaba en primer lugar el toro de la confirmación de Clemente, quedó en el mismo trámite de siempre de pinchar sin apuntar. Y, como mención especial, queda Manuel Quinta, en el sexto toro, que se ha añadido a la soberbia moda de apuntalarse en el señalamiento trasero, aguantar en el quiebro de cadera izquierda, apoyarse en el estribo también izquierdo, echar todo el cuerpo hacia adelante, contorsionarlo en forma de escarpia, descargando toda la furia sobre el lomo, que como queda dicho, resulta sacudido violentamente por estas máquinas percutoras que golpean incansables con punzadas frenéticas hasta los mismos higadillos. No son uno, ni dos; la masacre se puede consumar con veinte impactos seguidos con total facilidad.

Sí, percutir es la acción de moda. Los picadores abandonan la barrena porque el público ya está muy enterado. Ya no gusta tanto. Percutir, percutir, y percutir.  Son máquinas de impacto despiadado. Le vamos a coger cariño a la palabrita. Ya lo verán. Y si quieren saber algo de la Puerta Grande que ayer abrió Talavante busquen por ahí y que tengan suerte en alcanzar la verdad. Se lo deseo de corazón. Por mi parte, como esto siga así, la fiesta de los toros encumbrada por papistas y sus desarrollos intelectuales, emocionales y artificiales sencillamente no será. Es decir, no (re)percutirá. Qué se le va a hacer. Esa es la única verdad.

domingo, 20 de mayo de 2018

Crónica del festejo de los toros de Alcurrucén


Gentrificación

Por Paz Domingo

El cartel no estaba nada mal entre tanto desfalco premeditado. Y por supuesto, tampoco decepcionó. Los toros impusieron un ritmo diferente a todos los experimentos toreables habituales y deprimentes. No eran carretones de insipidez pero tampoco eran mansos de libro. Los animales de la ganadería que crían los hermanos Lozano tenían su lidia, su faena, su casta en pequeñas proporciones, su enfrentamiento y hasta su lucimiento si se les hubiera hecho frente con cierta perspicacia.

Pero fallaron los maestros y aún estamos preguntado cuál es el motivo de tanto desperdicio. Curro y Juan afectados por el mismo arte, por idéntica cualidad, por similar empaque, por semejante predicamento, por equivalente sutileza para hacernos creer en la hermosura del toreo y por semejante manera de alejarse de ella y del sitio verdadero. Increíble pero cierto. Y no es porque no tuvieran toro, que lo tuvieron para engancharlo en la muleta, para llevarlo, para dejarlo en los terrenos adecuados, para medir bien las tandas necesarias…, para lo que estuvieran dispuestos. Tampoco es porque no sean capaces de hacerlo, pues Curro ya se dejó ver en las alturas con una faena a un manso de Torrealta (de libro, por supuesto) hace ocho años en la Feria de Otoño y Juan del Álamo, sin ir más lejos, también lo realizó el año anterior con un complicadísimo Acurrucén.

Pero en cosas del arte, el misterio es un aliciente y Joselito Adame se puso en artista y en torero como nunca. Aunque también a medias, porque la excelencia la destrozó con un soberbio bajonazo. Nunca antes lo habíamos visto con ese gusto, profundidad y hasta entendimiento. Con sitio y con técnica; con sabiduría y con temple; con naturales y con trincherazos; con verdad y con dominio. Hasta con división de opiniones porque gran parte del público y él mismo se pusieron muy gallitos para que el presidente concediera una orejita después de una cuchillada en los bajos que escandalizó a todos los santos del cielo y de los tendidos.

Estuvo muy artista Joselito. El torero bullidos se sangre caliente y mexicana se había transfigurado para nuestro gusto y afición. Sin embargo, la ley es la ley, incluso la no escrita. Si nos la saltáramos a conveniencia no se haría necesario ir a la guerra para defenderla. Quizá, hay mucho personal que necesita aprender esta premisa. Y no hablo solo de los hermanos independentistas, sino de los nuevos espectadores de los toros que ni saben de sus reglas y premios ni falta que les hace aprenderlas. Infestados están los tendidos aprovechando la desafección de los aficionados. Beben, gritan, te parten en dos la espalda, te insulta y además te dan lección de toros. ¡Hay que fastidiarse! Bueno, eso o no volver más. Depende del gran nivel de hartazgo o de la extraordinaria corpulencia que está adquiriendo el engaño en que se ha convertido la defensa de la fiesta porque sí.

La gentrificación de los tendidos de la plaza de toros es una realidad. No hace falta pico y pala para devolver al barrio el esplendor perdido y hacerlo renacer de sus cenizas en un espectro cargado de diseño. Con unos cuantos hooligans, un espectáculo infumable y una mentira mil veces contada por los líderes torticeros de opinión mediática ya está lista para su sentencia final. Y el final está cerca. Al menos, así lo veo yo.

viernes, 9 de junio de 2017

Puerta Grande de Juan del Álamo en Madrid

Cuando el toreo es verdad
Cómo discernir entre centímetros y años luz

Por Paz Domingo

Cuando se da el toreo auténtico, la verdad se impone desnuda, absoluta, rotunda, y se hace tan nuestra que llega a los pliegues propios de la razón y de la memoria para no escaparse nunca. Así sucede cuando primero se expone, luego se domina, y después se concluye en arrebato de precisión y belleza. Y es que esa razón que todo lo ordena en esta nuestra alma torera no se puede medir con un metro, ni con dos, ni con tres, aunque algunos amigos de lo excesivo estiren la milonga a placer haciendo del milímetro, hectómetro. Y ayer, además de que Juan del Álamo hizo la verdad del toreo, hubo lección de distancias porque el diestro sacó el metro, se puso a la comparación y demostró que el centímetro no es kilómetro y que la distancia entre Marte y Saturno se cuenta en años luz.

A menudo suele pasar que la pasión deje ciego al más propenso a los amores primaverales. Pero decir que el traje del rey es el más preciosista, cuando en realidad el cuerpo regio luce desnudo las vergüenzas, es mucho decir y muy poco medir la verdad. Hace unos días se han dado orejas y puertas grandes por faenas de acompañamiento y sin asomo de mando ni potestad; se han ponderado soberbios bajonazos; algunos animales, por encima de la media es cierto, han sido tratados como seres mitológicos cuando en realidad les han faltado descomunal bravura para creerlo; se han cometido tantas tropelías en la lidia que las sanciones y las multas caen en olvido alevoso; y sobre todo se ha exaltado tanto aquellas banalidades que dan ganas en un día como hoy de comprarse un megáfono y dejarlos sordos en su simpleza.

Pocos apostaban por algo antes de comenzar. Los más entusiastas suponían que Alcurrucén echaría al ruedo algún torito bueno y que quizá El Cid, en una tarde mágica sacaría el potente estilo de su mano izquierda. Sin embargo, en este espectáculo incomprensible a la razón misma pasan cosas inesperadas. Por ejemplo, ver torear en el más preciosita estilo y emocionarse con una poderosa faena de dominio. Dos faenas y dos formas opuestas en la concepción pero con una intensidad arrebatadora que se complementaron hasta el ensueño. Las dos las realizó Juan del Álamo. Por la primera, el público extasiado pidió la Puerta Grande y el presidente contuvo a la masa enloquecida concediendo un solo trofeo, llevándose de paso una de las broncas más monumentales que se recuerdan.

El toro, colorao y en el más puro tipo de su encaste Núñez- despistó con su mansedumbre en los inicios de la faena. Se dolió en el primer contacto con la puya pero se arrancó al caballo en las dos siguientes y hasta empujó en una de ellas. Esta mansedumbre que resultó ser presuntuosa se la quitó Del Álamo en la primera tanda en ayudados por bajo, en el toreo por delante, ganando terreno, ajustando a la muleta las embestidas cada vez más enceladas. A partir de aquí se sucedió la precisión en los tiempos de la faena, en la acople exacto de fuerza y movimiento, en la naturalidad de la ligazón, hasta en la verticalidad y el temple. Le faltó un poco de profundidad y de rotundidad con la espada, circunstancias que no influyeron en el público arrebatado de tanto preciosismo pero sí en la decisión del presidente que no cedió a la petición de las dos orejas.

A partir de este momento, se presumía que con poca cosa que sucediera o saliera por la puerta de chiqueros, Juan del Álamo iba a tener su Puerta Grande. Lo que nadie conjeturaba es que se iba a producir la magia, el dominio, la exactitud y el metro de medir. El manso era de libro, y no el presuntuoso mansurrón nobilísimo de la anterior faena, un pavo de alzada considerable, al que apenas se le pudo picar y que se desentendió también en banderillas. Le llamó el diestro desde los medios y allí sin contemplaciones ni probaturas le metió en los vuelos bajos de la muleta, le impuso  unos derechazos contundentes de autoridad y únicamente superados en la segunda tanda, con el animal ya en las líneas internas del tercio, con el sitio único, con los pitones a la altura del desafío, dejó Juan del Álamo la más categórica demostración de supremacía en el arte del toreo a pie y que en sí misma bien vale la Puerta Grande de Madrid y de la memoria. La entrega fue total, como también lo fue cuando se volcó en tan desafiante arboladura y aunque la espada no quedara clavada en la exactitud, todos -hasta el reservado presidente- reconocimos el poderío de este diestro, la magia de su preciosismo y la contundencia de su toreo cuerpo a cuerpo.

Así es la grandeza de este mundo de toros. Un sortilegio cuando se produce en la verdad. Un sueño que se toca. Una memoria que se acaricia de vez en cuando. Y también, aficionados y amigos en este juego loco y hermoso, hay que sacar el metro de medir y trazar la línea que discrimina los centímetros de los años luz. Por cierto, El Cid quiso evidenciar aquella mano izquierda aunque tiene primero que recordar él mismo cómo se evidencia y Joselito Adame tiene que empezar a ser otro. Lecciones han tenido de sobra. Los demás también.


Madrid. 8 de junio de 2017. Plaza de Las Ventas. Toros de Alcurrucén para El Cid, Joselito Adame y Juan del Álamo.

martes, 30 de mayo de 2017

Sobre la feria San Isidro 2017. Reflexiones

Cuando los novillos son toros, los toros son pavos y viceversa

Por Paz Domingo
Aquí pasa algo raro. Es todo tan mediático, que por mucho que se jure que no es de plástico no hay quién pueda creerlo. Por ejemplo los toros que salen como toros en esta temporada tan renovadora por la puerta de chiqueros de la plaza de Madrid, esa que los cursis afectados reconocen como la cátedra del toreo con mayúsculas, no son toros. Que no los hemos visto, y eso que llevamos ya pasado la mitad del abono de feria. Lo único mencionable fueron dos toros de La Quinta el primer día del ciclo y los novillos de El Montecillo que fueron más toros de tipo y carácter que cualquier ejemplar de este subgénero que está desfilando todos los días.
Así salieron ayer, y anteayer, y anteayer de anteayer. Novillos por toros, tan afectados por una blandura congénita que cualquier apretón con la puya los descoyunta con alevosía y tan dóciles a los engaños que dan ganas de elogiar tanta maestría selectiva y ganadera. El escándalo que puede ser estratosférico se queda en considerable porque los aficionados se desgañitan una y otra vez pero la autoridad competente no hace nada para enviarlos al olvido de los corrales. Lo más extraño es que parecen todos estos toritos clónicos, clónicos, independientemente de la edad –pues las hay de todos los escalas posibles-; de las ganaderías en liza –aunque predomine la que todos saben-; de las selecciones y características de estirpes bovinas –ya que salen con caritas de buenos novillotes imberbes-; incluso de los comportamientos mansurrones y escurridizos, aburridos e insulsos, desesperantes y predecibles.
Esta circunstancia está aireando el verdadero drama de la fiesta, y que no es otro que la evidencia que necesitamos animales resistentes al sometimiento, pero también se está tapando con algunos hechos tan puntuales como escasos y cortos de motivación. Por ejemplo, vemos a toreros con clase sobrada para la excelsitud del toreo sin recursos para manejar o superar esta situación en el triunfo fácil como son Curro Díaz, David Mora, Paco Ureña, Roca Rey, Diego Urdiales, Morenito de Aranda… Y si algo se ha remediado ha sido por asuntos puntuales como la genialidad de un Talavante inspirado a ratos, la sorpresa y esperanza en el clasicismo de Ginés Marín y algunos toros que se cuelan entre tanto remanente y se transfiguran o bien en pavos de categoría (como el sexto de Perera), o bien en nobilísimas ánimas.
Y con todos estos hechos consumados no cabe otra cosa que decir que el nuevo veedor de la moderna empresa tiene fijación por este molde aséptico que selecciona en las dehesas del orbe taurino. Creerá que está habiendo muy bien su trabajo de selección –tan pareja como acomodada- pero en realidad lo que hace es un flaco favor a esta fiesta que más que nunca necesita de credibilidad pues la componenda de tipos y caracteres empequeñecen cualquier sueño de esplendor en el espectáculo en general y en la feria de Madrid en particular.
Muy pocos hombres y mujeres afines a esta fiesta saben que los veedores –de plazas y de toreros- cobran entre un cinco y un diez por ciento por las corridas que se lidian, es decir, un canon institucional que carece de control fiscal y de responsabilidad moral.

Y así nos va. Allá ellos y desventurados de nosotros. 

martes, 16 de mayo de 2017

Crónica. Feria de San Isidro. 15 de mayo de 2017

No se atrevió

Por Paz Domingo
No se atrevió Curro a precipitarse en el toreo excelso. Lo dejó aparcado a escasos milímetros de la perfección y el público entendido allí presente le recordó con igual contundencia tanto sus extraordinarias capacidades toreras como sus miedos para mostrarlas en verdad. Así es Curro Díaz, desde el nombre hasta el temple armónico, desde la elegancia hasta la finura, desde una mano sin par hasta los bajonazos supremos que dejó. Y no fue el único, todo hay que recordarlo, porque sus compañeros de cartel – Paco Ureña y López Simón- también ejecutaron las estocadas como quien perpetra la traición a oscuras y con alevosía.

No se merecieron los ejemplares de Montalvo tanta ingratitud porque todos estaban en consonancia con el manejo sin problemas de su estirpe. Los matices los pusieron las escasas fuerzas de los dos primeros, la bondad tontorrona del tercero, las inmejorables condiciones nobilísimas del cuarto y los igualmente posibles gobiernos del quinto y sexto. Sin embargo, ninguno de los tres diestros pudo con los animales en liza ni hacer el toreo cuando había condiciones. A Curro le faltaron escasos milímetros de que hablaba para que esas medias, esos naturales, esos desmayos fueran pura exactitud; a Paco Ureña le sobró la convicción de que puede torear cualquier cosa que le facilite la Puerta Grande de Madrid y le faltó anunciarse en sí mismo, aprender la lección de que no todo vale para triunfar y sobre todo superar los borrones del estoque; y a López Simón le gustan mucho los sitios en las periferias, los trajes bonitos pero arrugados y, en definitiva, tiene necesidad de un mucho de vergüenza torera para estar y matar.

El público conocedor de otras tardes mágicas de Ureña y Curro, cada cual en sus circunstancias, se entregó al enfado y a la reprimenda. Hay quien puede pensar que fueron fieras alimañas si vemos los partes médicos porque no se entiende que estos animales con tan poco carácter en sus entrañas dejaran dos percances: el del banderillero Manuel Muñoz, herido de gravedad tras una caída en la cara del toro, y Paco Ureña que se quedó empalado en las tablas con un golpe en la espalda del que quedó conmocionado para la lidia. En realidad fueron fallos humanos, comprensibles en este oficio de riesgo donde no hay que perderle la cara al toro jamás.

Curiosamente ayer floreció la cátedra. El aficionado, el entendido, el conocedor estaba en los tendidos. Y se hizo oír. Más que otros días, por cierto. No porque hubiera más en la plaza (cada día quedan menos aficionados) sino porque el público isidril y torerista tampoco es el que era. Bueno, en cierta manera se ha renovado y esta sangre nueva viene sin conocimientos para descifrar las claves de lo que en la plaza sucede. Y así a pelo es imposible digerir este espectáculo: ni para los viejos ni para los advenedizos. Ni sentarse en la plaza saben y no digo más que está todo dicho.


Plaza de toros de Madrid. 15 de mayo de 2017. Feria de San Isidro 2017. 
Corrida de toros de Montalvo para los diestros Curro Díaz, Paco Ureña y López Simón

miércoles, 3 de mayo de 2017

Corrida goyesca. 2 de mayo de 2017. Madrid

Anochece en el reino de Ur

Por Paz Domingo

En el reino de Madrid aún queda sabiduría para discernir la verdad de la apariencia en cuestiones taurómacas. Esa es nuestra esperanza y también la de sus príncipes Ur-diales y Ur-eña que sienten su casa madrileña como propia y sus posibilidades como reivindicación del dominio en el arte auténtico. Pero en este palacio resistente al dominio de la globalidad descafeinada anochece rápido a pesar de que hubiera al final del torneo un vencedor por los pelos. El toro al que Ureña le cortó una oreja resultó ser un ejemplar de la ganadería de Victoriano del Río, bronco, duro y encastado, sin parecido con sus pastueños hermanitos de otras tardes.

Pero los vecinos, que no súbditos, de este feudo tienen un gracejo ponderado. Por los corrillos circulaba la fantasía que un Dos de Mayo en Madrid lo que convenía era arremeter contra los franceses y sus tropas de mamelucos; que los guerrilleros están sobrados de valentía y técnica defensiva pero que necesitan generales de entrañas bravas, pitones y genios indiscutibles con los que enfrentarse en batalla desgarradamente; y que aquí, los mendas, si les descerrajan salvas de queso se van a dar cuenta y no vuelvan más.

Las elucubraciones sentaron mal a los nuevos vecinos de la villa. Todos deseaban ver la rivalidad estética y valerosa que ambos diestros tienen por separado. Pero a estos hombres de calidad extraordinaria en lides toreras necesitan toros creíbles en su condición indiscutible de adversarios, necesitados de dominio, sitio, verdad y toreo. Nadie debió contar con los cañones en el asalto a la muralla, incluso ni los mismos príncipes, porque se empeñan en enfrentarse a un armamento adulterado que imposibilita la victoria final. Los dos toros de Salvador Domecq fueron mansos, flojos, inválidos de categoría, en definitiva propios del arrastre inmediato. En sus vagas presencias se vio tímidamente el quite de capote en rivalidad de gaoneras y chicuelinas, muy poco para dar vistosidad a la fiesta. Los dos diestros deben hacérselo mirar porque los dos andan muy bien con el capote pero si se descuidan como ayer terminarán pareciéndose a peones de brega y sería una pena, penísima. Los animales de José Vázquez siguieron en la misma tónica de mansedumbre pero tenían algo de casta, suficiente para provocar lidias desatinadas por las cuadrillas; tardanzas hasta que los diestros se enteraron de algo; desajustes en los tiempos de acoplamiento; descreimiento de algunas posibilidades; sitios en las afueras; velocidades de crucero imposibles de domesticar; y ambos toreros y matadores llegaron al final con alguna tanda buena, algunos naturales, algún trasteo por debajo de mérito; para concluir con estocadas señaladas por horripilantes e inoperantes, más descabellos infructuosos.

Se personaron contra todo pronóstico dos ejemplares de Victoriano del Río que por sus extraños comportamientos parecían primos extranjeros y lejanos de las camadas pastueñitas que lidian los diestros de postín. Ahí fue cuando vimos algo. Urdiales en unas tantas finales sentidas, aunque necesita creérselo, de tirar hacia delante, de arrebatar con su destacada técnica, de traspasar su seriedad y convertirla en arrebato. Y Ureña, el jabato de la temporada pasada parece que está en forma plena, pero también necesita afirmarlo, de verdad indiscutible como antaño. Su faena se compensó con una oreja pero en verdad no estuvo a la altura de sus propias circunstancias ni del dominio que requería las dificultades del momento. En fin, anochece en el reino de Ur. Los príncipes necesitan rearmarse porque de su intencionalidad depende que las grandes batallas no sean insignificantes y se desvanezcan entre ruinas sumerias.

Corrida goyesca. 2 de mayo de 2017. Madrid.
Mano a mano entre Diego urdiales y Francisco Ureña con toros de las ganaderías de Salvador Domecq, José Vázquez y Victoriano del Río.

jueves, 2 de junio de 2016

Sobre la corrida de la Beneficencia en Madrid

Sorpasso.es

Por Paz Domingo

También hoy es un día para tomar lecciones. La corrida extraordinaria de la Beneficencia en Madrid es un instructivo ejemplo para calibrar en qué punto de declive está la fiesta de los toros en el espectro social. Llegó el aquelarre de hordas invasoras, tan iletradas y tan sumisas a los cantos mesiánicos como inconscientes de la trampa mortal que se esconde detrás de ese populismo mediático, concretado en divulgación chabacana, expuesto sin pudor y despreciativo con la razón. Y había que estar allí para verlo, para comprobar cómo ha cambiado el paisanaje de la plaza en la exaltación de la fiesta por la fiesta. Los taurinos de clavel que anteriormente poblaban los tendidos tenían al menos algunas claves para descifrar la esencia del espectáculo. Ahora los sucesores de aquellos isidros -concitados en un escenario mediante espectros internautas- ya no llevan códigos reventones en las solapas sino que lucen con desahogo una vanidad, una ignorancia y un dirigismo muy a tono con los estos tiempos tan individualistas de hoy en día, arrollando de paso a la fiesta a la cual se creen que tienen la obligación conceptual de exaltar. Y han consumado el sorpasso. No por propio amor a la misma, por supuesto, sino por amor propio a la notoriedad aunque sea postiza.

No sabían nada de nada. Ni pedir orejas. Había borricos volando a la vista y fueron a por ellos. Ignoraban estos neosabios-punto.es que los mamíferos alados no eran prodigios naturales sino criaturas clónicas salidas de tubos de ensayo y muy adecuados para el control remoto. Por supuesto, les daba igual que igual les daba. Los bellos adonis que debían escenificar la pantomima tardaron de darse cuenta de las buenas sensaciones para el disfrute y que los dioses reimplantados estaban con ellos. Pasó Castella, harto de tanto fingimiento. Pasó Manzanares, harto de encarnarse en figura propia. Pasó López Simón, harto de no hacer nada de nada, de saber poco de poco, de mandar menos de menos, y le cayó de sopetón -desde los tendidos enloquecidos, desde palco consentidor presidencial, desde la tribuna real voluntariosa, desde la trinidad interesada televisiva, desde del cielo inclemente y desde el mismísimo infierno, la rendición a la que está llamado por méritos ajenos. 

Y aquí cambió un poco la cosita. Pasó Castella, más harto de estar harto de tanto fingimiento. Pasó Manzanares, harto de no protagonizar a título individual el cortijo y agarró por las orejas al torito propicio para el sacrificio y que aleteaba juguetón a ritmo de melodía, subiéndose de inmediato en la ola de este nuevo público forjador del sorpasso en los conocimientos a lo taurino. Sabía el maestro que podía estar en maestro y lo hizo en algunas pausas acompasadas con lento temple aprovechando la despaciosidad que se sucedía en el juego alado. Con una tanda de naturales etéreos, más una media desmayada de extraordinaria estética, subió también a los puristas a la cresta de la ola. Se desencadenó el éxtasis y si a López Simón le habían abierto la Puerta Grande, ¿qué no deberían hacer con Manzanares? Como no tenían ni idea de lo que debían pedir, pues empezaron a pedir y pedir con vocerío de romería. Estos neo expertos reclamaban las orejas para el mesías, el rabo (del mesías no, del torito alado se entiende), la vuelta al ruedo (al bueno del torito, claro), el indulto (también al torito) y no sé cuántas cosas más ignoraban que se podían pedir porque aquí los analfabetos en estrategias de posicionamiento digital estábamos perdidos. Pasó López Simón, harto de tanto pintoresquismo. Y pasaron ambos diestros entre las hordas desquiciadas en el atardecer tibio de Madrid camino de la realidad virtual que se impone. 


miércoles, 1 de junio de 2016

'Saltillos'

Lección de lidia ineluctable para hoy

Por Paz Domingo
No estoy de acuerdo. La corrida de Saltillo no fue mansa, un calificativo tan rotundo como recurrente en las crónicas que leo esta mañana. La mansedumbre como cualquier otra noción actual (léase bravo, noble, incluso toreable) que defina el comportamiento de la cabaña ganadera supuestamente apta para la lidia es un término descontextualizado, manoseado, equívoco y que no sirve –al menos únicamente para este caso- porque casi todo el mundo identifica casta con docilidad, nobleza con babeo pastueño, bravura con “que se dejen apalear”, y mansedumbre con canto gallináceo.

No pretendo dar lecciones a nadie pero si se trata de precisar el proceder de los mencionados saltillos debo asegurar que Moreno Silva presentó un corridón de toros de inusual contundencia, de desacostumbrada bronquedad, de una casta ruda e insobornable. Ninguno de los seis animales en contienda –según la clasificación actual para topar con un manso- pisó los terrenos de chiqueros con apetencias deshonrosas, no se aquerenció en tablas, no pidió la muerte de manera obscena, e incluso uno de ellos desafió a la inmortalidad y a la placidez de los toriles con todos los cabestros a su alrededor y con tres acometidas letales en sus carnes. Es cierto que buscaban enardecidamente los bultos, que se engallaban, que les resbalaban frenéticamente los puyazos, que extraviaban los ímpetus de un caballo a otro, que no atendían a los engaños, que desafiaban campanudos como amos y señores de entrañas esquivas al sometimiento.

Intratables, puede ser. Y no todos. Según qué, cómo y por qué. Hasta que apareció el pregonao que hizo tercero en orden de salida, las dos cuadrillas respectivas con sus matadores al frente, dieron lecciones magistrales de inclasificables y negados controles lidiadores, consiguiendo exasperar de tal modo a los aficionados verdaderos allí congregados y armándose una gran bronca absolutamente merecida. Todo se realizó de forma ignorante. Todo, siendo lo más asombroso que ambos animales quedaron medio entregados a la muleta, con las cabezas altas es cierto, pero hasta con posibilidades de sometimiento con verdad. Especialmente claro fue el segundo, el más noble de embestidas y al que Aguilar, nada puesto, quiso esconder, desplazar y renunciar.

A partir de aquí, en los tres torazos de miedo que se sucedieron se produjo la revelación para quienes quisieron entenderla. Fue una clase magistral para deducir el sentido de la lidia, tanto de su existencia como de su esclarecimiento. Quedó prácticamente invencible eso que se hizo antaño en llamar lidia de toros. Casi imposible porque a estos pregonaos -que les sobraba entendimiento, aires campanudos, soberbia y descomunal capacidad de incertidumbre- no les pusieron en su sitio con la única arma posible: la exactitud. Este concepto, puede parecer vago de argumentación, pero consiste en defender el mando sin tregua y desde el instante primero. Hay que mandar abajo sin dilación y hasta sin ortodoxia, con firmeza, con arrojo de extraordinaria técnica, con inmensa valentía. Castigar, abajo, siempre abajo. Pero las varas cayeron como bombas de racimo, los capotes como armas cegadoras, las muletas como platillos volantes, las banderillas –las hubo hasta negras- como acicates de rebeldía, y las equivocadas astucias para contener la insubordinación resultaron granadas de mortero que el enemigo devolvía sin explotar.

Digo que es casi imposible que se pueda llegar a producir esta lección magistral de lidia auténtica sencillamente porque ya no se practica y por tanto no se puede aprender ni enseñar. Casi imposible porque sí hubo dos instantes de técnica e imponderable perfección, suficientes para aquellos seres avispados, aficionados en la verdad, con entendederas inteligentes y que comprendieran qué es eso de la lidia de un toro con todas sus maestrías. David Adalid puso varios pares de banderillas, pero la última tan colosal de mando que paró el toro en seco dejando los palos en la misma cara de la fiera. Del tamaño de esta proeza fue el capoteo por abajo de César del Puerto haciéndole bajar la altivez, parando la fuerza arrolladora e indicando con tal extraordinaria perfección y técnica quién manda (al toro y a los demás oficiantes en “lidia desgarrada y enloquecida”, según definió Joaquín Vidal la actuación de los profesionales en un encierro de idénticas características dificultosas de Moreno de la Cova en Madrid).

Tampoco estoy de acuerdo en los que aseguran que el potencial de la corrida nos haya trasladado a otro siglo. Quizá con esta aseveración sean capaces de ponderar lo que comúnmente es imposible que se produzca en este espectáculo adocenado. Lo es para los que no han visto nada parecido. O no lo recuerdan. O no lo han leído. Lógico, no estaban las televisiones de fondo, ni los cronistas interesados, ni las grandes figuras dispuestas al enfrentamiento. Alguna vez se ven cosas parecidas y es necesario reivindicarlas. Por tanto, con la misma rotundidad aseguro que los bulos de que estaban los animales toreados es una infamia. Lo que hay, señores míos, es la evidencia de ser pocos los hombres y toreros que sean capaces del dominio verdadero, tan pocos como ganaderos con tanto celo en la casta categórica. No es necesario que Moreno Silva pida perdón. Lo que procede es darle las gracias por mostrarnos la desnudez y la grandeza de la fiesta de los toros.

Sí, amigo Javier, el toro existe, como también hay alguna ganadería que presente animales de poder. El problema es que ni a unos ni a otros les dejarán a la vista, ni a la técnica. Al contrario, se pretende porfiadamente enterrarles en catacumbas después de haberles perpetrado auto de fe y hoguera pública. 

martes, 31 de mayo de 2016

Resumen a toro pasado

De refilón

A la atención de Javier García Nieto

Por Paz Domingo

Saludos amigo. Mil gracias por tu curiosidad y mil perdones por tanta flojedad que me impide mantener mi compromiso en este blog taurómaco. Sin embargo, una no es de piedra y tus cariñosas peticiones me animan a enviarte unas reflexiones aunque sean de refilón, como tú bien dices.

Apenas muestro algo de interés por esta temporada de toros. Una vez más los ideólogos que deberían conformar una programación organizada desde la afición y la verdad a la fiesta se desentienden y ofrecen carteles de componendas tan manoseadas como siempre. Sin embargo, sí creo que hay algo que debería contarte.

Buena se ha liado entre los aficionados más asentados con las actuaciones de Roca Rey. Su paso por la feria ha dividido las agudezas. Para unos el joven diestro peruano es un exhibicionista que no torea, expone mucho pero sin ceñirse a los cánones del estilismo y el valor que le acredita es insuficiente para comprender los resortes del dominio. Para otros, es un torero de una capacidad exponencial en el sitio verdadero por encima de todo el escalafón. Y a mí, querido amigo, a pesar de la polvareda entusiasta entre ambos bandos, tengo que asegurarte que me ha gustado y mucho la aportación de Roca Rey en este desnortado mundo de torerillos. Doy como cierto las conclusiones de las dos partes enfrentadas pero a mi juicio hay algo más que el valor, la sinceridad y la escasez de suertes en el toreo de Roca Rey y es su extraordinaria personalidad para estar en un sitio inaccesible para la mayoría. Esa frialdad de ejecutar el toreo la ha transformado en seducción, su potencia juvenil en una valentía insobornable, el terreno que pisa en imán inquebrantable y, además, mata a los toros por arriba, que no es poca cosa. Me gustaría como aficionada interesada ver la evolución de este gran torero en el actual circo complejo y taurino, si es que le dejan capacidad de desarrollo, donde lo que más interesa es el lleno rentable, contante y sonante. El argumento de que no dé verónicas, de que no sea un estilista y de que arriesgue temerariamente no es ni de lejos evidencia para quitarle el mérito de un hombre con trasmisión arrebatadora y exponente verdadero.

La inquietud del hombre ante un toro no puede medirse únicamente por lances preciosistas. Hay que evaluarlo en el mérito, en la capacidad, en la mente y en el alma. Y sin intención de hacer comparaciones, por ejemplo, ayer mismo, se vio una brega grandiosa de Rafaelillo con un el cuarto toro en la corrida de Adolfo Martín, nada estilista por cierto, pero sí poderosa en el capote con lances por abajo, en el sometimiento porfiado, en el empuje de la reducción del animal en la muleta firme. Nunca Rafael será un preciosista, pero sí que sabemos de su extraordinario potencial aguerrido. Cuando le sale el toro para imponer su técnica particular, por supuesto, porque con el primer ejemplar de la tarde, más apto para hacer el toreo de muleta de ligazón en redondo y en vertical, se quedó descolocado de la ortodoxia.

Quisiera hablarte de Paco Ureña y de esta revolución admirable que ha mostrado este año. Le he visto en muchas ocasiones con encierros aptos para colosos –desde Azpeitia hasta Madrid- y hasta esta temporada no se había descubierto como el soberbio torero que es. Varias faenas descomunales con los elementos en contra de la lluvia y varios toros irascibles de temperamento le han encumbrado en el máximo respeto de los aficionados verdaderos. Lo más hermoso, eso que los aficionados guardamos en nuestra memoria de manera indeleble lo hizo Ureña en una tanda de naturales inalcanzables para casi todos. Y como siempre hay que ver qué se tiene delante y en qué consiste el sometimiento: en acompañar o someter, en ponerse bonito o en torear llevando el mando.

La Puerta Grande de Madrid no se abrió para Ureña, aunque esa tanta de naturales y su puesta de largo como torerazo hubieran sido factores suficientes para concedérsela. Lo más sonoro y reciente se produjo de manera inesperada hace unos días en una mágica conjunción entre toro y torero y un golpe de suerte. Salió por puerta de toriles un armonioso ejemplar de Alcurrucén, sin exageradas dimensiones como quieren inventar algunos, pero con velocidad e ímpetu. David Mora movió el capote en verónicas correctas, y de manera atropellada colocó con su apatía recurrente a Malagueño bajo el peto. En la segunda vara, fue el animal quien tomó la iniciativa arrancándose porque así se lo pedía el cuerpo bravo. Y aquí empezó el arrebato o, mejor dicho, la provocación pues un jovenzuelo peruano –de nombre Roca Rey- se plantó en los medios a quitar por gaoneras. Quedaron imperfectos los lances capoteros en ejecución pero, querido amigo, sí que tuvo un mérito colosal en profundidad valerosa y en revulsivo porque allí mismo se dispuso a la contestación David Mora, hasta ahora y desde hace tiempo, afligido por la tremebunda cornada de hace dos años, cuando el sitio ya se le había estrechado considerablemente. Ni uno ni otro se habían dado cuenta del potencial noble del animal y fue el subalterno Otero quien lo descubrió. Se lanzó a la aventura Mora,  desconociendo lo que tenía delante y con las dudas de siempre, y embarcó al animal en un regate inexplicable que acabó en un peligroso atropello. Después, como ya habrás visto, se produjo esa mágica conjunción, llena de arte excelso y que si no hubiera sido por las azarosas circunstancias que te he mencionado, se habría quedado inédito y evidenciado por un animal de categoría nobilísima, merecedor de vuelta al ruedo.    

Toros, lo que se dice toros, aún están por ver. Esperaremos a esta semana. Hasta ahora no ha salido nada por la puerta de chiqueros que se pueda catalogar de casta indiscutible y de encierro contundente, aunque también ha habido algunas cosillas interesantes. Paso a contarte de manera somera. Tristemente la expectación por admirar las bravas entrañas de los bellos saltillos de Flor de Jara se quedó en frustración. Lo mismo sucedió con Pedraza de Yeltes, una pena más en el alma. La novillada con los atanasios de El Puerto de San Lorenzo tuvo su interés pues fueron fieles a su peculiar personalidad: evolucionar de abantos a diligentes en muleta si se les puede meter y dominar en las lidias previas, y aún resultó muy superior al conjunto de animales que lidió como toros unos días antes. La novillada de El Montecillo también despertó curiosidad aunque quedara diluida. A los Lozano les han hecho falta doce toros en escena para que le saliera algo bueno –muy bueno en este caso- y la corrida de Adolfo Martín fue encierro muy interesante en comportamiento aunque no terminaron de ser claros en bravuras y castas. Por cierto, no quiero olvidarme de Baltasar Ibán, muy notable de comportamiento y de juego, y de un segundo ejemplar encastado merecedor también de una vuelta al ruedo.

Sabrás del gran fiasco de Juan Pedro Domecq, una vez más por supuesto, aunque carece de relevancia a los hechiceros de trucos con paloma y chistera. Lo mismo con Fuente Ymbro, con El Torero, con El Ventorrillo, con Cuvillo… Y en casi todas se ha repetido prácticamente lo mismo: encierros desiguales de presentación, con tres toritos cómodos de hechuras, flojísimos de remos y con el carácter suficiente para intentar el insulso, insignificante e irritante toreo (post) moderno; más los otros tres -para tapar bocas- de cajas abultadas, ímpetus broncos y mansedumbres profundas, propicios para toreros con mando y personalidades de acero. Y si hay que apuntalar esta bazofia cerraré los toriles con Las Ramblas, Puerto de San Lorenzo, Parladé, El Vellosino, El Pilar… y así sucesivamente.

Mil perdones por tanto atropello en el relato, querido Javier. Mil gracias por tu espera y dedicación. Atentamente.



sábado, 6 de junio de 2015

Crónica.El Cid y Victorino. Las Ventas, 5 de junio de 2015

La fábula de la sal y las habas

Por Paz Domingo

Quiero escribir este texto en primera persona sin miedo a que mi desesperanza sea injusta con la pizca de grandeza que pueda quedar en la fiesta. Es tanta la procacidad del estamento taurino oficiante, tan deshonrosa su desidia, tan impúdicas sus mentiras, tan ciegos sus bolsillos que se impone un levantamiento airado contra esta aberración porque en esta tarde de engaños con alevosía se desbordó el vaso del aguante para dejar a la luz pública el hartazgo, la extenuación y el olvido de unos cuantos ingenuos que aún esperan en la posibilidad de desarrollar su afición. Y esto, amigos, sí tiene trascendencia. O debería tenerla. Hay dos caminos. O se van al destierro estos artífices del engaño que a semejanza de caballeros y reyes feudales castigan sus predios echando sal al fértil campo castellano para hundir en la pobreza a sus vasallos; o son los súbditos hambrientos en esta salitrera -sin una mísera mata de habas- los que eligen su propia exclusión. El asunto que queda por dilucidar es el matiz de la huida. La rebelión es por las buenas o por las bravas; en silencio o en comandita; en corto o por derecho; a rastras con el fraude o dando un golpe de dignidad. No es fácil. Lo sé. Ha llegado el momento de moralejas y que cada uno concluya sus reales donde su valentía le ordene.

Yo veo desvergüenza, vileza, espanto. Con premeditación. Con tan descarado insulto por parte de todos los celebrantes que no son necesarias medias tintas y, por supuesto, con perplejidad al ver cómo se justifican los consentidores y protagonistas de esta bazofia con el argumento de la mala educación que tienen los que se rebelan contra esta asquerosidad. Así que hay cera para repartir en las ya incontables tardes perversas, una detrás de otra, en multitud de personajes con nombres y apellidos y -aún a sabiendas de ser injusta porque puede darse el milagro de algún matojo con vainas verdes entre tanta salmuera- es tanto el hartazgo que no se merece el títere conservar la cabeza.

Ni torero, ni subalternos, ni ganadero, ni toros, ni tercios de varas, ni de banderillas, ni lidias, ni presidente, ni veterinarios, ni delegados, ni responsable de Asuntos Taurinos, ni verdad, ni micrófonos que la cuenten, ni crítica, ni nada de nada. Y se dice pronto. Para empezar lo que me pide el cuerpo es explayarme por las entrañas bovinas de tantos mamíferos inservibles para la decencia, fruto todos de los experimentos genéticos en vacío de los ganaderos de bravo que han convertido el oficio más hermoso que ha imaginado el ser humano en cochambre. El científico del día de autos se llama Victorino Martín que, tan sagaz como especulador, ha rentabilizado su jactancia en gestas inclasificables, sus animales singulares en apetencias impresentables y su crédito en harina de otro costal. Seis toritos de pelaje cárdeno pasearon el descrédito de la casa madre. Fueron a los petos sin intención, sin empuje y sin fingimiento en sus apetencias de mansos y como eran flojitos, además de impresentables en trapíos, les picotearon con pespuntes toricidas a discreción, malamente, inútilmente, descaradamente, hasta en las pencas.

Los saltillos de hogaño ya no son los que eran, a las pruebas me remito, pero aun así había que tratarlos con atino y aquí no afinó ni Dios. Ni muestras dieron de hacer las cosas con cierta sabiduría de terrenos, de mostrar firmeza en los primeros envites, de no cortar los viajes haciendo muros perfileros, de no insistir en tantos mantazos que al final terminaron por despertar las iras hasta de los más infelices tanto en el cielo como en el infierno. Fue de más a más. Todos desesperantes, llevándose la palma de oro los matarifes a caballo que dieron lecciones magistrales y sucesivas de impudicia en tan altas cotas que la destreza del gran Tito no pudo remontar.

Y no fueron los únicos en desastres lidiadores. La confluencia fue completa, comenzando por el maestro de marras apodado El Cid y añadiendo el elenco de subalternos que compuso su extensa cuadrilla, contagiados todos de irresponsabilidad profesional. Fue con sinceridad, horripilante, sin medio natural que llevarnos al alma, sin galleos para poner metáforas a las crónicas, sin capotes templados, sin esa izquierda prodigiosa, sin algo. Eso sí, dejó unos bajonazos de tan alta categoría viciada que se hace urgente su presencia en el juzgado de guardia más cercano, le retiren en carné de conducir espectáculos taurómacos y se ponga a las órdenes del juez. Y que se sepa: ¡No nos hace falta gestas! ¡Queremos la proeza de que alguien honrado toree! ¡Que no nos engañen, que no nos mientan, que no nos sableen a bajonazos infames! Así que maestro, no se moleste tanto, que de disgustos ya sabemos un rato.

¡Ay! Cid, Campeador de otros tiempos, ahora trastocado en Capeador… Allá fue el infante del toreo sin argumentos dominadores, inhibido en su torpeza, alejado del sitio, mintiendo en la muleta retrasada, cortando el viaje si se producía, arrebatado de inoperantes posturas posmodernas, soltándose la melena de su retraimiento, incapaz de poner orden en las estrategias lidiadoras para finalmente imponer abandono en su responsabilidad y en sí mismo. Y si hay que llamar a las cosas por su nombre, lo del Cid y su desafío son insultos con todas las letras. ¡Ay! Mío Cid, cantar de cantares, aflígete y que lloren tus ojos que ya vacía está la fiesta y cuando vuelvas la vista piensa en qué se ha fallado. Muchos hemos visto tus proezas. Muchos al destierro te acompañamos. Muchos recordamos contigo. Y muchos no merecemos estos tus escarnios. Ni las mandangas de los demás oficiantes tampoco. Adiós, muy buenas.

Los ojos de Mío Cid mucho van llorando;
hacia atrás vuelve la vista y se quedaba mirándolos.
Vio como estaban las puertas abiertas y sin candados,
vacías quedan las perchas ni con pieles ni con mantos,
sin halcones de cazar y sin azores mudados.

Cantar del Mío Cid. Anónimo


miércoles, 13 de mayo de 2015

Crónica. Quinto festejo de San Isidro 2015



El alto vuelo de un centauro

Por Paz Domingo

Los elementos no se alinearon. Y lo que se esperaba no se produjo. Era uno de los escasos carteles que ofrece interés fuera de la prolongación de la decadencia en la que está inmersa la fiesta en una plaza medio vacía, que no medio llena. Confluían en expectación toros, toreros, aficionados y un calor infernal. Posiblemente nadie resultó inmune a este esfuerzo dantesco pero con seguridad será un festejo para recordar. La ganadería de Pedraza de Yeltes trajo a Madrid un corridón de toros, con animales poderosos, imponentes en hechuras, fuertes como colosos, impecables en trapío, sin adjetivos añadidos a la casta, capaces con su solemnidad de inflar los corazones más deshidratados, incluso en el debate entre el furor de lanzarse a los petos, la resistencia al sometimiento y las dudas de la deserción. Esta situación extrema en enfrentamiento entre hombre y toro se promueve en contadas ocasiones y pretender ordenar una naturaleza salvaje con la épica de unos titanes es tan paradójico como no tener en cuenta que la vara de medir no es laxa cuando conviene.  

Poner a estos hombres en la tesitura de examinarlos en complejidad taurómaca puede resultar cruel porque los conocedores y aficionados que saben una pizca de qué va esto, de verdad, les exigirán hacer trasteos impecables en valentía, conocimientos, recursos y tan alto grado de exposición que pueden parecer sobrehumanos al resto de los sujetos. Sin embargo, las cosas son así. Hay bizarrías, hazañas, proezas, sabidurías; pero también apariencias, ventajas, sinsabores, errores y huidas. Castaño, Ureña y Del Álamo están anclados en un punto del escalafón que es inamovible para la unanimidad de los hombres que pasan por ella, tan delicado que un paso en falso les trasladaría al olvido y tan injusto que únicamente un milagro les pondría con las altaneras figuras. Y los tres estuvieron a merced de los apuros, por supuesto con matices.

Castaño en un bache apreciable anduvo sin la fortaleza de otros momentos y con las mismas inconcreciones con el estoque. El primer toro al que se enfrentó resultó bravucón y después huidizo, con dureza descompuesta y varias coladas a lo bruto. El matador mostró sus contradicciones pues donde pone exposición, añade carencias para cambiar de terrenos; donde debe convencer con dominio, se pierde en trasteos que desesperan; y donde tiene que resolver con destreza de gran profesional, huye de la suerte tanto como de sus temores. Al final, las dudas que Castaño pueda evidenciar como lidiador quedan apagadas definitivamente con su condición de no matador y perdonadas por la actuación de su cuadrilla. Dicho esto, es justo añadir que la suerte hace el resto pues no se sabe cómo puede suceder pero si hay algún bicho de reservada categoría acaba siempre en su jurisdicción. Como por ejemplo, el cuarto. Un tío con barba, con un potencial físico descomunal, con la fuerza de un misil, que sin preámbulos se dirigió al burladero alejado de su querencia, se enroscó en los prolegómenos del capote y en cuanto vislumbró al caballista se lanzó en forma de locomotora, se empotró en los bajos del peto, apalancó con fuerza y con riñones, hizo rosca con la pesadumbre del jamelgo y, como un Hércules agraciado por Zeus, elevó varios pies del suelo en sucesivas vueltas al binomio caballo y caballero para terminar arrojando a ambos contra las tablas, retrayéndonos a excelsas epopeyas taurómacas.

O al Olimpo griego. Un centauro protagonizó la lucha titánica entre la fuerza desmesurada y la contención sublime porque Tito Sandoval, convertido en héroe mitológico, no se afligió por el  empuje descomunal del toro y, aún a sabiendas, de quedar suspendido en volandas y ser lanzado al descalabro, aplicó su inteligencia levantando la vara para así no quebrantar el esplendor de la fiereza de un animal sagrado. Es decir, se impuso la racionalidad a la barbarie. Quedó un tiempo muerto ante la dificultad de levantar al caballo conmocionado y hubo de recurrir a desvestirlo, dejarle con las vergüenzas al escarnio y al toro recuperándose, enterándose y alejándose a las tablas. En estas circunstancias, volvieron Otero y Sánchez a la maestría para dejar ante las imposibilidades tres pares de banderillas haciendo fácil lo que es imposible para el resto de los humanos. De poder a poder, atrajeron a la fiera a cuerpo limpio, acudieron a su encuentro sin estridencias, expusieron el pecho, de frente clavaron y con la misma práctica salieron silenciosos. Por supuesto, gloriosos. El maestro Castaño quiso de nuevo ahormar las circunstancias cuando se hacía preciso el trasteo en la cara, la imposición del dominio, de probar terrenos, de intentar matar sin aflicción. Castaño falló con un estoque atravesado al que hay que sumar la agonía de un remate que no llega.

También, otra vez, Ureña basa su fórmula en el toreo de esfuerzo y acaba por ser arrollado por animales avispados que descubren pronto sus flaquezas. Y no se entiende que desaproveche tanta valentía porque ante dos torazos correosos, con casta para desbancar con certeza se entregue gratuitamente a los vaivenes de una lidia poco cimentada, a sitios perfileros, así como a manoletinas innecesarias. Dejó algunos muletazos considerables. A cambio, terminó molido con dos puntazos en su primera actuación que le llevaron a la enfermería y pudo ser más pues en la última recibió otros dos atropellos. Tuvo dos toros que requerían más pericia y, que a pesar de su valentía, no pudo superar ni en la suerte suprema.

Otra cuestión es la de Juan del Álamo que terminó comportándose como figura cuando aún no lo es. Las licencias taurinas que se tomó molestaron a los aficionados que están empeñados en respetarle las condiciones que tiene el diestro para el toreo. Cometió dos mayúsculos errores. El primero, desaprovechar la nobletona condición del único toro que llegó aceptable a la muleta con una faena –que aunque muy inteligente en sus principios con trincherazos fabulosos- acabó en los sitios lejanos y en estéticas que en Madrid no cuelan. Se puso tan gallito tras un bajonazo que el público entendido le cantó las verdades como se las cantan al lucero del alba. No le dieron la orejita, porque no se la mereció. El segundo desliz se trató de reventar con alevosía al segundo de su lote en vara toricida y se da fe que lo consiguió porque los borbotones que salían del cuerpo lacerado del gigantesco animal, colorao y nada mojicón, provocaron un desbordamiento. Le hubiera servido para una gran faena de muleta, y que una vez más esa ambición que tiene –según dice él mismo- de ser figura del toreo le ha hecho creer que todos los toros son orégano. Terminó con una estocada a toro parado. Sin destacar.

Y hablando de figuras. Están a punto de hacer presencia. Por cierto, como ya sabemos que no se van a poner delante de un animal con la décima parte de cualquier toro lidiado en esta tarde de autos, y como sabemos lo que queremos, pues es conveniente advertirles que formar parte de la comitiva de Zeus les proporcionará manjares, pero entre Apolo y Afrodita es preferible un centauro de las patas a la cabeza.

Plaza de Las Ventas. Madrid, 12 de mayo.
Quinto festejo de la Feria de San Isidro 2015.
Toros de Pedraza de Yeltes para los diestros Javier Castaño, Paco Ureña y Juan del Álamo.